Ilustración FANONE. (@fanoneart en Facebook, Twittter y @fanoneart_stayawayfromme en instagram)

EL ALZAMIENTO DE NAGLFAR!!!
ESCRITO POR SCHEITAN. www.facebook.com/scheitanofficial/
Nunca he sido muy de respetar jerarquías y mucho menos de sobrevalorar purezas o autenticidades, limitándome casi siempre a centrar el tiro en destacar la calidad de las bandas y sus publicaciones con independencia de procedencias o trayectorias. Con Naglfar tengo que hacer una excepción ya que parto de la base que para mí son la referencia del black melódico, sueco o no sueco, de ese que no tiene pretensiones comerciales y porque hay que decirlo, llegaron primero. Sí, llegaron antes que Dissection a mí, cuando hace 25 años, en el glorioso 95 arbitré el choque entre «Vittra» y «Storm of the Light’s Bane», dos obras maestras, decantándome por los de Umeå a los puntos, básicamente por la capacidad de salirse ligeramente de la temática clásica, o mejor dicho, por su capacidad de integrar los conceptos maligno y mágico en sus brillantes melodías cargadas por la furia nocturna del bosque. El otro punto, como decía, es la calidad, donde en la música por suerte no interviene el factor económico como consumidores, y me permitió interiorizar a Naglfar y asimilarlos como el Linux, la Xbox o el Beta del black melódico. Soltado este rollo, tranquilidad, no creo que proceda volver a contar la historia del barco de uñas de los difuntos ante la llegada del Ragnarok ni hablar de la riqueza de la escena sueca y voy a centrarme en desgranar «Cerecloth». A estas alturas quien no conozca estos datos de mitología nórdica básica o la escena death/black sueca tiene un problema.
Ubicados injustamente en segunda fila por los medios y probablemente por su propia actitud, Naglfar se encuentra inmerso en su tercera fase, iniciada al declararse trio con la publicación de «Téras»(2012), una fase de madurez absoluta que consolidan con este «Cerecloth», para el que han contado de nuevo con el apoyo de Century Media y la colaboración de Alex Friberg al bajo (Firespawn) y Efraím Juntunen a la batería. Mucho ha llovido desde que tendieran la mano a un inexperto Peter Tägtgren, quien firmaba su primer gran trabajo como ingeniero en «Vittra», o desde la marcha de Jens Rydén, una baja que parecía insuperable y de la que Naglfar se recompuso de un plumazo manteniendose fiel a su genuino estilo. Mucho ha llovido, pero no hay ningún rastro de erosión en los suecos, que a algunos le podrá parecer que caen en la repetición de la fórmula disco tras disco y que a mí me inspira autenticidad, ya que tan difícil es mantenerse fiel y no perderse en la innovación o caer en el tentador sinfónico, como tener la paciencia de madurar los trabajos sin perder la esencia y lograr transmitir su mensaje con claridad.

No voy a andarme con muchos rodeos y puedo decir que Olivius, Norman y Nilsson firman, hasta el momento, el mejor trabajo del año con «Cerecloth» y probablemente su mejor trabajo desde «Vittra». Han sido ocho años de espera escuchando mucho sucedáneo, con Necrophobic como paliativo, pero ya era hora de una obra genuina y auténtica, un séptimo trabajo que les hace descender al séptimo circulo del infierno y brindar una espectacular descarga de sutil violencia en una nueva oda misantrópica. Abre el álbum el homónimo «Cerecloth», para el que han publicado el segundo vídeo de su carrera, y en el que ya se aprecia una producción cuidada y potente pero de tendencia obesa made in Swanö como marca de agua de todo el álbum. Un temazo, una declaración de intenciones a modo de resurgimiento para recordar desde el primer segundo a los más despistados que Naglfar está de vuelta, despertando del letargo la sempiterna doble armonía y demostrando que con un riff tremolero simple, afilado y machacón es capaz de combinar la esencia del death sueco con el black melódico más popular consiguiendo el tan difícil efecto true en este arrollador tema, de esos que se quedan en ti para siempre. «Horns» no se queda atrás, segundo corte y segundo temazo. Es maligno, oscuro, nocturno y contiene la esencia de esa parte de su catálogo menos explotada, ese punto sinfónico del que casi siempre han tratado de huir, respetando el espacio ganado por Old Man’s Child y otras formaciones más mediáticas, pero que compensan y llevan a su terreno a base de épica, el arte magistral del pulso y púa, un bajo reventón y una batería a piñón fijo en segundo plano, culminando con un insólito solo y afeándolo ligeramente con el fade out del cierre. Imposible no erizarse con el rabioso «You, children of Satan!!» de un Olivius cargado de odio contra la humanidad ante la llamada del maligno. «Like Poison for the Soul», me duele decirlo, pero cae en métrica y deje COF desde el bajo y pick slide inicial. Un mid-tempo con ese formato storytelling que me ha parecido una mala revisión de su clásico «Mirrors of my Soul», donde ya expresaron magníficamente el sentimiento autodestructivo, aunque aquí destaca de nuevo el solo y el punto tenebroso del recauchutado trémolo. «Vortex of Negativity» reconduce el disco a los altares, temazo espectacular que combina la fiereza vocal nórdica cargada de reverb, doble armonía y un breakdown meditativo a lo Enthroned, además de bellos arpegios y rearrancada furiosa que saca a relucir los sentimientos más oscuros que todos llevamos dentro. «Cry of the Serafin» atufa a Suecia por su mesura, elasticidad y esos acordes menores disonantes autóctonos que desembocan en increíble cabalgada destrozacuellos. Aunque para destructivos, los dos siguientes cortes, «The Dagger in Creation» y «A Sanguine Tide Unleashed». El primero, mi favorito del disco, con uso del tempo optimizado, combina velocidades de manera magistral en torno al pegadizo riff, contiene una voz doblada sublime a la par que bestial, en la que Olivius alcanza el nivel ultrainstinto, y un solazo embellecido por un sweep picking malvado a la vez que apaciguador. El segundo es directo, una cabalgada que te pasa por encima sin compasión, black expeditivo más tradicional, de estribillo categórico, con blastbeat y juego aéreo sobresaliente. Cierran «Necronaut» y «Last Breath of Yggdrasil». Una aporta la atmósfera densa de la ingravidez a base de guitarrazos heavys y dosis de doom concentrado, insólito en Naglfar, creando un abismo infinito que blackea la dolorosa voz de Olivius y la profundidad de Norman y Nilsson. La otra contiene la dosis mitológica que no puede faltar en un disco de Naglfar, en la que esta vez toca tributar al Yggdrasil, el árbol que conecta todo y al que Enslaved ya rindió su merecido homenaje desde un prisma pagano más apropiado. Naglfar adapta el concepto a su visión nocturna y añade una pequeña dosis de teatralización para deslumbrar con su genuino tremolismo neperiano y cerrar «Cerecloth» con este tema que crece en cada escucha.

Una malnombrada segunda fila, donde habitan otras de mis debilidades como Kampfar, Enslaved o los que ahora regresan Old Man’s Child, cada uno en su estilo, pero en definitiva bandas auténticas y sin pretensiones. Naglfar abandera el movimiento melódico sueco, con mis respetos a Necrophobic, Sacramentum, Unanimated y Dissection, firmando un discazo lo mires por donde lo mires y se proclaman los señores de los misterios del bosque. Es Naglfar en esencia pura, donde abusan de si mismos y de su lenguaje tan propio, que a algunos puede aburrir (a mi me saturan ya el vampirismo por ejemplo), pero que en mi caso aporta la dosis necesaria de azufre para aguantar otros ocho años o el tiempo que ellos crean necesario para volver a plasmar en un disco la representación de la sabiduría transmitida por el maligno a base de sufrimiento y dolor.
