
Por Alberto Monreal.
Volvió el vampiro a renacer, a salir de su sarcófago y a desplegar sus alas sedientas de sangre en busca de cuellos níveos de blancura. Una vez más, vuelve la bestia enamorada, el oscuro y atormentado romanticismo anglosajón y la pasión por el cine de terror de estudios como la Hammer. Ninguna banda vampírica ha tenido sus colmillos tan afilados como los de Nosferatu, un proyecto que desplegó sus capas y chorreras a finales de los ochenta y principios de los noventa, es decir, en el contexto menos indicado para sus delirios glam-goth. Fueron tiempos de grunge, de aspectos desaliñados, camisas de leñador y vaqueros raídos por la fealdad existencial. La crítica se cebó con ellos, y como unos Val Hensings narcotizados por la escena de Seattle, expulsaron a Nosferatu al sarcófago de la más absoluta soledad y oscuridad. Fueron malos tiempos para los seguidores de la música gótica, Ellos han vivido siempre como el verdadero Nosferatu, expulsados a sus propios castillos, más allá de los Cárpatos, lejos del mundanal ruido. Pero siempre, por siempre, fieles a su amor por Lucy y el rock gótico.

Por eso, 30 años después de la edición de su Opus Magnum, el brillante disco «Rise», es necesario repensar este proyecto y certificar su majestuoso triunfo en el podio de bandas vampíricas. Ninguna puntiaguda estaca ha sido tan certera como las canciones de Nosferatu, ninguna ha llegado tan profundo al corazón esquivo y tenebroso de tu alma gótica y atormentada por amores imposibles. La voz elegante y ampulosa de Louis de Gray, la afilada y juguetona guitarra de Damien DeVille y el bajo siniestro e inmortal de Vlad Janicek lograron recrear un brillante monumento a la memoria del vampiro más célebre del terror gótico. Carajo, estos supuestos fantoches no eran como nos los pintaban, eran un grupo con garra (cuando te llamas Nosferatu si no tienes garra apaga y vámonos), con unas canciones increíbles, con una actitud increíblemente cool, y con una fuerza y devoción por lo que hacían a prueba de todo cazavampiros grunge que se precie.

Así, con la intención de saborear la inmortalidad de la propuesta, las sedientas almas de sangre vampírica revolotean alrededor del escenario de la sala Nazca con una expectación devota y muy apasionada. Bien es cierto que la felicidad nunca es completa cuando sabemos que el proyecto está dividido en dos, por un lado la banda con el nombre original encarnada por el guitarrista Damien Deville, y esta nueva reencarnación denominada The Nosfëratü, apadrinada por el divertido Vlad Janicek y por el dandidesco Louis de Gray, una muestra más de los desacuerdos y disputas ridículas que siempre ha tenido la banda. He visto y disfrutado de las dos bandas, y siempre me queda un regusto amargo porque siempre falta algo, y aunque me encanta Deville y es cierto que él podría ser considerado el verdadero líder de la banda, creo que la voz de De Gray es tan particular y tan espectacular que creo que esta encarnación de Nosferatu que vimos esta noche es la que más se acerca a la esencia del proyecto. Y es que Rob Leydon, líder del estupendo proyecto gótico Red Sun Revival, hace un extraordinario trabajo a la guitarra, a lo que se suma Simon Rippin, batería de los Nefilim de Carl McCoy.
Antes de la salida del innombrable, aparecieron los portugueses I Am the Shadow, un cadente y oscuro proyecto de dark wave oscuro, muy refinado y ochentero, una banda formada en el 2015, con letras en inglés y liderada por un tímido Pedro Code. I Am The Shadow es una banda muy delicada e intimista, con mucha calidad, que ofrecieron una puesta en escena muy cuidada y en las antípodas de lo defendido por The Nosfëratü, lo cual estuvo realmente acertado como entrada a los excesos de los anglosajones.
Unos minutos después de finalizar I Am the Shadow, salieron del ataúd para repasar con extraordinaria exactitud varios de los éxitos más aclamados de la banda, un set list bien balanceado, con sus momentos más rockeros intercalados por alguna balada, siempre envueltos en una densa neblina y con pocas luces en el escenario, lo que sumado a las oscuras gafas de De Gray hicieron que este acabará cayendo sobre la batería igual que Christopher Lee lo hacía sobre las posaderas rumanas en las películas de la Hammer. Un accidente del que De Gray salió con gran humor, como no puede ser menos en un caballero tan refinado y elegante como él, con una voz ya algo cascada pero muy emotiva y apasionada, eminentemente bella, coronada por una pajarita en el cuello, toda una declaración de intenciones sobre la puesta en escena, una fiesta de etiqueta para todo gourmet gótico que se precie.

Las pupilas rojas de Janicek parecían hipnotizarnos junto a su cadente bajo, y también junto a sus afilados colmillos, me imagino que falsos. Todo un carácter. Nuestro amigo Vlad fue el más cercano, el más inquieto, y nadie parecía disfrutar más en la sala que él. Su carisma y energía nos contagió, hasta desplegar las alas del ángel oscuro que tenemos todos dentro. «Dark Angel», «Inside the Devil», «Vampire´s Cry» y otros himnos de la noche sonaron junto a otros temas menos conocidos pero igualmente certeros, como «Silver», «Demonicus» y en especial «Away», un tema que no suelen tocar mucho, como advirtió de Gray.
Con el público a sus pies, el ritual demoníaco se consagró a base de afilados riffs de guitarra, lamentos del más allá, con bailes y danzas alrededor de la pista, una fiesta gótica en toda regla, un delirio para todos los fans de la banda, que saciados del festín de sangre y romanticismo victoriano, aplaudieron hasta rabiar a uno de los proyectos góticos que más necesita el apoyo ante la injusticia cometida con ellos desde los 90. Nosferatu es una banda a reivindicar como uno de los grandes popes del género gótico y este concierto me reafirma en ello.
