Crónica NAPALM DEATH + ESCUELA GRIND. 24-11-23 Sala Salamandra (L’Hospitalet de Llobregat – BCN)

Por Jimmy Escorpión

Mi tío Jeremy siempre decía que, en cuanto a duración y concatenación, sus mejores polvos habían sido como canciones de Napalm Death. Se refería a los 28 temas que en apenas media hora cubre su debut Scum (1987). Dejando a un lado los hábitos copulativos del viejo Jeremy, más propios de los roedores que de mamíferos superiores, lo cierto es que su apología de lo breve, rápido e intenso casa bien con lo acontecido el pasado viernes en la Sala Salamandra, que – se me ocurre ahora – si hubieran bautizado como “Sala Mandra” se habrían ahorrado letras sin perder significado. De nada.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es image-95.png

Como la parroquia barcelonesa les echaba de menos y además la fecha cayó en viernes (que siempre ayuda), acudimos al recinto con el cartel de sold out. Calentaron la noche Escuela Grind (2016, Ithaca, NY), a quienes no tenía en el radar hasta que los alistaron en esta gira. Aunque, a mi particular modo de ver, su ejercicio canónico de grindcore no inventa nada nuevo en el género, cumplieron destacadamente con su función de teloneros puesto que, aunque se respiraba que la gente ya venía animada de casa, agitaron debidamente al respetable antes de la aparición de los ingleses. Lo que más me sorprendió del directo de esta joven banda es la versatilidad de su vocalista Katerina, no sólo a las voces, sino también con sus hipnóticos bailes sobre las tablas, a caballo entre una clase de zumba con anfetaminas y la niña del Exorcista en Fiebre del Sábado Noche. Siempre he reivindicado que el metal extremo es una música bailable y esta frontwoman me da la razón. Además, aportaron el humor refrescante de su batería Jesse y algunas saludables llamadas a la inclusión y la diversidad en el mundo de la música extrema, avaladas por la presencia de dos mujeres en su formación.

Tuve la sensación de que el comienzo de Napalm Death fue tibio, quizás porque el sonido todavía no estaba del todo ajustado (al menos, donde me ubicaba en aquel momento, al lado de la mesa) o tal vez porque la ráfaga inicial de temas fue monopolizada por sus más recientes publicaciones, con las que el vulgo todavía no está tan familiarizado. No obstante, no tardó en inflamarse el concierto cuando, ya sonando con fuerza y nitidez, desataron clásicos como Unchallenged Hate, Scum o Suffer the Children. Los brummies – ¿qué tendrá el agua de Birmingham para que haya sido fermento de tantos pioneros en el metal? – van camino de las cuatro décadas de trayectoria y su solvencia en los escenarios está fuera de toda duda.

Esta era la tercera vez que un servidor tenía ocasión de verlos. La primera fue hace 16 años como cabezas de cartel de la X edición del SWR de Barroselas (para quien no tenga la fortuna de conocer este longevo festival portugués, es como el Port Aventura del metal extremo) y, para qué engañarnos, aquella velada deglutí tantos cubalitros de whisky que lo que recuerdo con más nitidez es saltar temerariamente desde el escenario a un hueco donde no había público y cascar la rodilla contra el pedregoso suelo. La segunda, ya sobrio, fue un domingo otoñal de 2015 compartiendo un cartel irrepetible en la Razzmatazz con Carcass, Obituary y mis idolatrados Voivod. En todas las ocasiones – y esta no fue una excepción – estuvieron a la altura de su legendario estatus.

Tanto desde su lado más grindcore, híbrido de metal extremo y punk (estilo al que homenajearon expresamente en su repertorio al incluir sendas versiones de Bad Brains y la ya consabida Nazi Punks Fuck Off de los Dead Kennedys), como desde su senda más death metal que iniciaron en Harmony Corruption (1990), resultan una pócima deliciosa, ideal para cerrar una semana laboral, como fue la mía, extensa y demandante. Incluso con sus puñetazos más recientes, como Everyday Pox o Smash a Single Digit, se descarga tanta mala uva que uno vuelve a casa con el cuerpo relajado. También dejaron en su repertorio un espacio testimonial para su época más groove, rescatando algún tema de sus olvidados Inside the Torn Apart (1997) y Words from the Exit Wound (1998).

Ya en las grabaciones Barney Greenway es un vocalista que transmite, muy lírico si ello se puede afirmar de un vocalista de metal extremo. En directo conjuga su improbable pinta de vendedor de coches de segunda mano con una interpretación rabiosa, sentida y auténtica. Si le aburre después de tantas giras seguir cantando desde luego no se le nota. Destila honestidad. Como ha sido habitual en un grupo del que su militancia política también es seña de identidad (enraizando en este aspecto en la tradición más punk) y al igual que hicieran sus teloneros, se prodigó en consignas ideológicas, como la defensa de la acogida de refugiados y el trato igualitario a los inmigrantes, pertinentes tras las recientes controversias sobre el Gobierno de Rishi Sunak por la expulsión de ruandeses del Reino Unido.

A su derecha, todo carisma, Shane Embury, el miembro más antiguo de la formación – curiosamente de los fundadores no queda nadie, hasta en esto es una banda peculiar – y quien ostenta la auctoritas en Napalm Death. El sonido de su bajo es el latido de la banda. Su presencia me resulta entrañable, seguramente porque en otra edición del referido SWR Fest nos invitó, a mí y a mis compadres, a unas cervezas cuando, terminado su show con Brujería y ya cerrando la carpa, nos vio aferrados a la barra como koalas sedientos. Creo que aquel gesto de buen samaritano dejó en mí connotaciones paternales, porque sentí todo el concierto unas irrefrenables ganas de abrazarle. Al fondo Danny Herrera, con ya más de 30 años tras los parches de la banda, una máquina precisa y violenta que le aporta un toque industrial al conjunto. Y cerrando la formación, John Cooke, quien hace casi una década vino a rellenar los zapatos de Mitch Harris y que se ha ensamblado perfectamente con sus tres compañeros. Ambos cumplieron con nota en la Salamandra.

El público, entregado desde el inicio, vació su energía en pogos, crowdsurfingstagediving y resto de actividades deportivas que son costumbre en los eventos del género. La banda y la sala dejaron la irrupción, cada vez más fluida, de todo pelaje de asistentes encima de las tablas al libre albedrío y la autogestión. Y podemos afirmar que, con carácter general, la gente respondió de manera respetuosa a la par que festiva, excepcionando algún ventajista – desde mi intransferible juicio – que utilizó el momento para sacarse un selfie o incordiar a los músicos con charlas inoportunas y quien de manera poco diligente tumbó jirafas de micro y pisó pedaleras. Tampoco entenderé nunca la manía que algunos tienen de saltar dando la voltereta para acabar cayendo con los pies por delante, salvo que pretendan obsequiar con una ortodoncia gratuita al que, despistado, no espera aterrizar unas botas sobre sus fauces. Asimismo y justo antes del último tema, la banda tuvo el honroso gesto de interrumpir su actuación para llamar la atención del personal sobre un asistente que, al parecer, se había golpeado la cabeza y se desvanecía a un lado del escenario, para a continuación solicitar al respetable que facilitase su evacuación abriendo un pasillo (a esto podríamos llamarle un wall of health…). No me reprimo a decir que, cuando vi el semblante del protagonista de tan desafortunado incidente, me asomó la duda de si realmente había padecido una contusión o si su medio gramo estaba mal cortado, que me perdone si me lee, espero que se haya recuperado y vuelva pronto a las trincheras del metal.

Tras este percance, retomaron el show para cerrar con el clásico Siege of Power, que dedicaron al herido, rubricando una gran noche. Huelga decir que Napalm Death, tanto con sus nuevas entregas discográficas como con sus recientes giras, vienen reafirmando, no ya el lugar histórico que ocupan en la escena, sino su plena vigencia como banda en estos tiempos difíciles. Ya lo había predicho mi tío Jeremy, entre agitadas cópulas.

Deja un comentario