Banda:YERMO Disco:Yermo Sello:Autoeditado Año:2023

Por Carlos Citoler

La belleza del vacío… YERMO

Podríamos empezar con el sufrido «Desde los desolados paramos de la gélida Castilla…» y seguir tirando de clichés pero creo, honestamente, que la obra no merece tamaño desprecio. También podríamos echar a correr antes de la primera escucha si solamente nos fijamos en las notas de prensa o en comentarios anteriores de compañer@s redactores en los que se alaban las «raíces» de la obra. Ejemplos de otros estilos musicales alejados de nuestro movimiento que, bajo el paraguas del querer recurrir a las raíces patrias, han parido ñordos de dimensiones considerables, los hay por doquier. Afortunadamente, parece que en el metal, o no contamos con las mismas raíces que los anteriormente citados, o las tenemos en otra consideración. Casos como los gallegos Dioivo, y como Yermo, son el claro ejemplo de que no hace falta haber nacido al amparo de los fríos bosques noruegos para que uno se sienta orgulloso de sus raíces y pueda recurrir a ellas en busca de inspiración. 

Yermo, o lo que es lo mismo, David Muñoz, nació de la necesidad de crear durante la oscura época pandémica que, salvo los músicos, parece que todos hayamos olvidado ya. Debido a que el Gran Hermano que todo lo ve consideró que la música, y por extensión, la cultura, no eran actividades esenciales durante la misma, el parón de sus dos bandas principales, Sun Of The Dying y Arwen, obligó a David a buscar una válvula de escape en la que volcar su creatividad. Mientras la mayoría de nosotros nos peleábamos con la masa madre, David empezó a moldear en su cabeza la idea de este Yermo, inspirándose e, imagino, añorando, los extensos campos de la vaciada Castilla que le vio nacer.

Con la semilla de Yermo aferrada fuertemente a la árida tierra, fue cuestión de tiempo que acabase germinando, regada por el agua venida desde la lejana Girona, de la mano de Negra Nit, y abonada por las expertas manos de algún que otro colaborador puntual. Este debut del vallisoletano en solitario, lejos de romper con lo que es su trabajo en Sun Of The Dying y Arwen, sirve de puente entre ambos mundos, a priori tan alejados, como serían el Doom y el metal melódico, uniéndolos en uno sobre los desolados campos de la vieja Castilla. 

La bienvenida al trabajo no nos la da Cencellada, tema que abre el disco, sino que lo hace la acertadísima portada del pintor expresionista madrileño Masles Roy. Puede parecer una tontería, pero lo áspero y crudo de la misma es la mejor puerta de entrada a un trabajo que rezuma eso, dureza y desazón. No me imagino estos temas entre imágenes de nevados bosques y demás imaginería nórdica, por ejemplo. No sería lo mismo ni producirían el mismo efecto al escuchante. Las miniaturas que decoran el interior del libreto y el tremendo vacío que produce el ojearlo, no se si hecho a posta o no, transmiten esa inmensidad y abandono que la propia música dibuja. A costa de los que ya vamos andando justos de vista, me parece un acierto la sobria vestimenta que cubre de dureza al mismo. 

Como decíamos, Cencellada abre este paseo por áridas llanuras, con unas pausadas notas de piano, como no podía ser de otra forma. Melancolía en una voz limpia, desnuda y desprovista de esperanza, mientras las primeras pinceladas de tímidas orquestaciones empiezan a hacer acto de presencia. Será una tónica durante todo el disco, y una vez entren los guturales y suban las pulsaciones, te darás cuenta de ello. Seguramente en cualquier trabajo de tu guitar-hero preferido, lo que esperarías serían escalas imposibles, masturbamientos de mástil por doquier y lucimiento personal a las seis cuerdas infinito. Muy válido y hay momentos para todo tipo de músicas. Aquí, el amigo David se desenvuelve como los ángeles volando sobre las teclas, en todas sus vertientes, y eso se nota a la legua. Y el hecho de que haya optado por dejar a un lado el virtuosismo autocomplaciente y haya puesto todo su empeño en crear una pequeña orquesta de cámara que, más que alzar, acune a cada tema, se agradece y consigue engrandecerlos más si cabe. Aquí no importa tanto el lucimiento de cada instrumento por separado, que momentos también los hay, sino lograr un equilibrio entre todas las capas musicales que David ha ideado, como si de una orquesta de cámara se tratase, para conformar pequeñas suites. Trufada de pequeños detalles sonoros, cuidados al milímetro, tal vez por eso llame en ocasiones la atención una batería «excesivamente perfecta». También, como dicen en mi tierra, «manda cojones» que le pidamos a una one-man-band que nos entregue la perfección en cada uno de los instrumentos, pero parte de culpa la tiene David: si la tónica del trabajo en su conjunto siguiese por el mismo camino que marca la excesiva frialdad en algunos momentos de la batería, pues habríamos pasado a otra cosa, olvidándonos del mismo, y aquí paz y después, gloria. Pero si nos pone sobre la mesa una obra a tan alto nivel musical, es normal que cualquier punto flaco, o menos fuerte, salte a la vista, o al oído. Unas composiciones que, a mi corto entender, sonarían de lujo en cualquier teatro bien sonorizado, o si me apuras, en una gran catedral, por la multitud de detalles y el mimo invertido en ellos, merecen la mejor de las bases en las que crecer, y, como decíamos antes, en ocasiones la batería suena demasiado artificial. Efectivo también el juego de voces, combinando estrofas en inglés y castellano, y es que no podía ser de otra forma, viendo el trasfondo por el que nos movemos. Que la lengua de Shakespeare está muy bien, vende mucho y da mucho juego, pero, señor@s, no me negarán que la mezcla en este Cencellada queda niquelada. Nada de lo que acomplejarse, y menos de un idioma tan rico y bello. Deberíamos ir cerrando esta épica Cencellada, a la que recurriremos todos los que tenemos la suerte de vivir alejados del mundo, cuando en las frías mañanas de invierno despertemos rodeados por las congeladas lágrimas de la oscura noche anterior cubriendo nuestros campos, remarcando el acierto de un evocador estribillo que pone la piel de gallina al más pintado,… 

David ha sabido rodearse de pocos pero excelentes colaboradores, como es el caso de Héctor del Villar, ex-Nova Era, en Cuando Éramos Esclavos. Corte más directo que el anterior, puñetazo encima de la mesa pero que sigue conservando ese mimo en los detalles, en esta ocasión de la mano de una efectiva sección de vientos y unos minimalista coros que juguetean en segundo plano. Aquí sí tienen ocasión de lucirse unas poderosas guitarras y el  detalle de la voz hard rockera de Héctor entra como un guante en el mundo ideado para Yermo.

Un inicio frío y melancólico, pausado, nos da la bienvenida a Gris, extenso tema en el que los coros femeninos del inicio no van a abandonarnos durante toda la travesía, un viaje en el que la orquestación, de nuevo, brilla a un nivel superior, y que, por desgracia, vuelve a traernos una batería algo pobre. Como decíamos, entre tanta matrícula de honor, un suficiente se hace de notar,… Comentábamos la semejanza en el trato de los temas al de la música clásica, y Gris es un claro ejemplo de la cantidad de movimientos, o pasajes, que llegan a conformar un tema que mirando el minutaje, es extenso, pero que pasa como un suspiro balanceándonos entre continuos giros y cambios de atmósfera. Unos violines finales es la guinda a un pastel, uno de los temas álgidos del trabajo, casi inmaculado. 

Aromas eclesiásticos inundan El Peso del Sol, tras un hiriente poema de Don Antonio Machado soltado a bocajarro, en un ejercicio de Funeral Doom que nos hará contener la respiración a los que adoramos la lenta cadencia del estilo. Continúan los cuidados detalles, es repetirse en lo mismo, pero dentro de esta orquesta metálica ideada por David, nada sobra, nada destaca y todo es necesario. Incluso el siempre olvidado bajo toma protagonismo, las guitarras con deje cósmico hacen acto de presencia, todo ello, envuelto en el halo místico que le da unos coros en segundo plano sublimes. Lo de traernos a Yermo al redil metalero nos viene muy bien a nosotros, no nos engañemos, porque de calidad va sobrado y queremos apropiarnos de él para nuestra causa. Pero cerrando los ojos, abstrayéndonos de todo el ruido que reina a nuestro alrededor, sinceramente creo que el amigo David ha trascendido con esta obra los limites de cualquier género, llámale Metal, Rock, Doom o «X»; y si El Peso del Sol no te lleva al frío interior de una gigantesca catedral, tan rica en continente como vacía de contenido, si sus cuidados coros no te hacen levantar la vista hacia unos ábsides tan delicados como inalcanzables, es que no estamos escuchando el mismo tema. 

Unas juguetonas guitarras nos dan la bienvenida a Un Mar de Polvo, en contraste con la solemnidad del tema anterior, tatuando en tu mente una sencilla y pueril melodía de la que ya nunca vas a poder desprenderte. Querías fusión, pues toma fusión. Con unos delicados violines que emocionan, Don Miguel de Unamuno a las letras (ahí es nada) y un sabor a polvo impregnado en el paladar, que te hace saborear Castilla aunque, como yo, nunca hayas recorrido sus territorios, deja bien a las claras que, a falta de lejanos bosques nevados, la oscuridad y las antiguas leyendas también pueden habitar en los yermos campos castellanos. Ligera mejoría en una batería que quiere sumarse a la fiesta y da su mejor versión, mientras la furia apagada de una voz tan llena de rabia como vacía de esperanza danza sobre el colchón que las cuerdas, guitarras y violines, teje para ella. Sonidos lejanos de panderetas dan por finalizado una jodida sobrada que Yermo lanza al viento como quien respira, sin esfuerzo y sin darse cuenta, pero que a nosotros nos da la vida.

Finalizamos el viaje a tierras castellanas con la segunda y última colaboración, siendo en este caso Eduardo Guilló, compañero de David en Sun Of The Dying, el encargado de poner voz a Vysehrad. Sorprende la tranquilidad del inicio, máxime cuando recordaba a unos Sun Of The Dying mucho más rocosos. Recientemente la banda ha anunciado movimientos, y eso es siempre una buena noticia para los seguidores del sexteto, y es aquí, en Vysehrad, donde Eduardo nos muestra una faceta alejada de los densos guturales de su banda madre. Balada con aires sureños, que en un principio puede sonar extravagante, pero que se convierte a la segunda escucha en un caramelito más para sumar a la colección. Con las teclas de protagonistas, las épicas orquestaciones quedan aquí relegadas a un segundo plano, al menos en la primera parte del tema, acabando por estallar en su tramo final. Una traca fin de fiestas donde Eduardo sí da rienda suelta a su poderío vocal, y que desemboca en un preciosista piano que va apagándose lentamente hasta que el tema, el trabajo y el viaje, llegan a su fin.

Como comentábamos antes, está bien que nos apropiemos de Yermo para la causa metalera, pero la música de David va mucho mas allá. Este, sin duda, es uno de esos discos de los que todo melómano debería de presumir cuando se muestre la colección de joyas al colega de turno al que quieras impresionar.
Lamentablemente, en esta, nuestra piel de toro, es perfecta y tristemente aplicable el inicio del poema que Don Antonio ha cedido a Yermo para abrir El Peso del Sol, y así nos va,…

Un comentario sobre “Banda:YERMO Disco:Yermo Sello:Autoeditado Año:2023

Deja un comentario