Por Jimmy Escorpión.

Pese a rodearnos una rampante epidemia de gripe, pese a las finanzas verse resentidas tras los excesos navideños y pese a celebrarse en un triste martes al inicio de la cuesta de enero, la Salamandra de L’Hospitalet registró un aforo generoso para acoger una gira más de nuestro cangrejo preferido. Si en sus últimas visitas ya había girado en muy buena compañía (véanse Watain, Tribulation, 1349, Vltimas…), en esta ocasión no era menos y le escoltaban los aguerridos thrashers americanos Toxic Holocaust y una de mis sensaciones del pasado 2023, los escoceses Hellripper, con su joven – pero de sabor añejo – mezcla de speed y black metal que tan rica entra en invierno.
La verdad es que Hellripper eran para mí el gran atractivo del cartel. A Abbath ya había tenido oportunidad de disfrutarlo en varias ocasiones, también en los gloriosos días de Immortal e incluso con aquel sentido tributo a Motörhead llamado Bömbers. A Toxic Holocaust no los he venido siguiendo con la atención que quizás merecen, a tenor de lo que vi el martes. Pero el álbum que Hellripper traían bajo el brazo, “Warlocks Grim & Withered Hags”, me lleva regalando sueños húmedos con cabras desde que se publicó. Por eso, embustes mediante, conseguí soslayar las obligaciones profesionales y familiares que tenía inicialmente agendadas para la tarde-noche del martes, para acudir, cual rata hechizada por el sonido del flautista de Hamelín, a la llamada del balido caprino. Eso sí, llegué con la fiesta ya empezada – tercer tema, me dijeron – para palpar inmediatamente en el ambiente que los adeptos al culto de la cabra éramos mayoría entre la concurrencia.


Hellripper es la one-man band del intrépido veinteañero James McBain, aunque para el directo se reserva las tareas vocales principales y la guitarra solista, reclutando mercenarios para el resto de instrumentos y voces adicionales. Al respecto, me llamó la atención cierto parecido estilístico y también estético – al menos a mis ojos – del batería con el mítico Philthy Animal Taylor, si bien ya sabíamos que hay mucho de Motörhead en la receta que McBain ha preparado para Hellripper. En este sentido, su concierto brilló en rapidez e intensidad, dos atributos que intuyo extrapolables a la personalidad del propio McBain, por lo que percibí de él, no sólo sobre las tablas, sino también posteriormente en el stand del merchandising, donde tuvimos oportunidad de charlar. O se droga – y no seré yo quien tire la primera piedra – o ya nació hiperactivo. Sólo así se puede entender que inmediatamente después del adrenalínico show que rubricó, se pusiese el mono de comerciante minorista para vender, cual heladero a la salida del colegio una tarde de verano, sus artículos por docenas y cobrar al personal de manera acelerada, aceptando efectivo y tarjeta, apuntando en su inventario y organizando al mismo tiempo fotos y firmas con los aficionados que a ratos se amontonaban a su alrededor. Ojalá Hellripper tengan el éxito que por el trabajo y el talento de James creo que merecen. Único pero: salvo error mío, sólo tocaron dos temas del nuevo disco que en teoría presentaban. Como voy mayor, cada vez son menos los conciertos donde quiero que la banda le dé protagonismo en el repertorio al último álbum. No obstante, para una de las pocas ocasiones en que ese era precisamente mi deseo, no sucede. Murphy.

Aunque, ya lo dije, a Toxic Holocaust no los tenía tan controlados, me gustaron y se me antojaron una transición muy acertada entre Hellripper y Abbath. Los de Oregón practican un thrash metal permeado de black y algo de crossover. En algunos tramos me sonaron genuinamente yankees, pero en otros me recordaron a la vertiente teutona del thrash o incluso al primer black escandinavo. Al igual que las otras dos bandas con las que comparten gira, vuelve a ser el proyecto de un solo hombre, en este caso Joel Grind (voces y bajo). Con Toxic Holocaust ya ha soplado las velas de los 20 años de actividad y la banda demuestra esa experiencia con solvencia en el escenario. Centraron su setlist en “An Overdose of Death…”, su álbum más aplaudido hasta la fecha y que fue publicado en 2008 por una banda que apenas se ha prodigado en producción discográfica durante la última década. Mención aparte merecen sus portadas ochenteras al más puro estilo Edward Repka (alguna dibujada por el propio Ed) y cuya fuerza estética nostálgica provocaron incluso que mi colega Germán que me acompañaba, aunque poco versado en la banda, se viese igualmente empujado a comprar una camiseta de ellos para su hijo adolescente.

Y llegó finalmente el momento de Abbath. Hace 8 años que abandonó el fantástico mundo de Blashyrkh y 4 años que dejó el no menos fantástico mundo del alcohol, tras su épico esperpento en Buenos Aires. A la cuenca del Llobregat nos traía el que es su tercer disco ya bajo el logo de “Abbath” que presenta como avales, cómo no, sus característicos riffs y su personalísima voz, pero que, en mi respetable opinión (aunque sospecho que compartida por gran parte de la parroquia), en líneas generales aburre tanto o más que los dos ejercicios anteriores. La fórmula sigue siendo esencialmente black metal, bañado en las esencias rocanroleras que tanto gustan al bueno de Olve y sumando ese riffing de tintes thrash, pero a los temas les falta la inspiración y el gancho que tenía su aportación a la banda madre. Sucede también que eso a muchos no nos supone un obstáculo para poder volver a pagarle una entrada y verle una vez más sobre el escenario. Aunque lo de “verle” es quizás un exceso verbal, ya que su abuso de la máquina de humo para lograr ese efecto niebla perpetuo es tal, que difícilmente puede uno vislumbrar alguno de sus dedos por el mástil.

Eso sí, la silueta de su armadura y su baile del cangrejo resultan inconfundibles. Y enlazo con la gran virtud que creo que merece reivindicarse del personaje de Abbath: por él sabemos que es posible – pero de otro modo nos costaría creer – que un artista de black metal pueda aunar a un mismo tiempo el respeto y la seriedad que exige el estatus de leyenda pionera en un estilo tan – a priori – solemne y elitista, con la comicidad y la autoparodia de la que este señor ha hecho siempre gala sin ningún pudor, desde sus ya legendarios videoclips de los inicios. A mi modo de ver, la habilidad de Abbath para transitar de manera natural del drama a la comedia – y viceversa – es digna de elogio. De un riff épico y vigoroso, arte mayúsculo, te sale con el baile del cangrejo, tan ridículo como hipnotizante. De un chiste absurdo sobre su nombre salta a una intro oscura y ominosa, preludio de alguna pieza monumental. Y todo funciona y te lo crees. Por eso le queremos.
El martes dio un concierto reprochablemente escaso en su duración – diría que apenas superó la hora – excesivo en volumen – desde tiempos precisamente de Motörhead o de Manowar no salía con semejante pitido en los oídos – pero muy efectivo en la ejecución, combinando temas de su carrera en solitario con algunos clásicos de Immortal (de manera abrumadoramente mayoritaria del “Sons of Northern Darkness” de 2002) y también de aquel efímero supergrupo que fue “I” (2006). Como curiosidad al respecto, en su stand de merch vendían un setlist previamente firmado por la banda, pero que no coincidió exactamente con lo que allí tocó…
Honestamente, si hubiese llegado sólo para el show de Abbath me habría sabido a poco la velada, pero sumando las tres bandas del cartel, me volví a cumplir con mis quehaceres plenamente satisfecho y saciado de metal, dispuesto a soñar una noche más con cabras y cangrejos.

Un comentario sobre “Crónica de ABBATH + TOXIC HOLOCAUST + HELLRIPPER en la Sala Salamandra (L’Hospitalet de Llobregat) el 9 de enero de 2024”