Por Nocturno – Fotos de SandraBlack
“La Noche, tan clara, se oscurecerá, y las estrellas nos arrebatarán su brillo desde sus altos tronos en el Cielo, con su luz de esperanza para los mortales, pero sus esferas rojas, apagadas, en tu hastío tendrán la forma de Fiebre y Llamas, y te reclamarán para siempre.” (Espíritus de los muertos – Tamerlán y otros poemas, 1827, Edgar Allan Poe, 1809-1849)
Como si de una logia nigromántica se tratara, la Triarquía de la Oscuridad, conformada por Quintessence Metal Club (Madrid), Manguales Extreme Metal Union (Barcelona) y Metal Orange Club (Valencia), desplegaron sus negras artes para atraer la oscuridad eterna, la abominación más extrema y la decadencia más absoluta a diferentes rincones de este país en varias noches memorables. Bajo el hechizo Nox Aeterna, nace el primer festival, invocando para ello en Barcelona, a ocho agrupaciones malditas, repartidas en dos tandas, que siguiendo con el símil iniciado con la estrofa que abre esta crónica fruto de la mente de uno los malaventurados “poetas malditos” del siglo XIX, tales como Arthur Rimbaud o Tristan Corbière, iban a ser las garantes y valedoras de mantener ardiendo la negra llama del Black Metal.

Desde la primera semilla plantada en el lejano mes de marzo, cuando se publicó el cartel con las primeras bandas confirmadas, las expectativas estaban, sin lugar a duda, para un servidor, muy altas. Una vez superada mi particular travesía por el desierto, tras un verano excesivamente largo y anodino en cuanto a metal extremo se refiere, cuyo único oasis fue el concierto en esta misma sala de la crónica que nos ocupa, el Lennon’s Club de L’Hospitalet, para atender el incendiario bolazo de Udûn, Cason Brena y Condenados, llegábamos pues al mes de octubre con ganas de sentir desesperadamente el azote del negro metal, una necesidad, magnificada más si cabe aún, además, por no haber podido plantarme en el Black Templar de Monzón el pasado mes de septiembre. Así las cosas, una vez liberados de nuestros compromisos profesionales y con SandraBlack, mi partner in crime, cámara en mano, enfilamos ansiosos el camino hacia la desolación, aunque, lamentablemente, no sólo en sentido figurado…
El paisaje que nos encontramos una vez bajamos las escaleras de la Sala Lennon’s Club y que debía llevarnos hacia el negro inframundo en esta primera jornada, fue devastador. En teoría, debería habernos recibido Satanás con un infierno de almas atormentadas, pero en su lugar nos abrió la puerta Robert Neville, el de Soy Leyenda, con una sonrisa de oreja a oreja y claro, no entendíamos nada hasta que nos adentramos en la oscura sala y vimos el panorama. Un páramo exhalando tristeza y dolor. Una pena porque el cartel no se lo merecía en absoluto. Es cierto que la maratón de festivales de verano había hecho mella, que el CastellHel o el cercano Necesse Mori III coincidiendo en el tiempo, tampoco ayudaban, que también era viernes, y los horarios que imponen las salas tampoco favorecen en absoluto la escena con horarios cada vez más esperpénticos o con una avalancha programada de bolos que, además de estar colocados entre semana, obliga a la gente no sólo a tener que realizar malabares para ingeniárselas sino que también la obliga a elegir para poder asistir a los mismos. Aun así, me sorprendió encontrarme con tan pobre entrada, rozando un pinchazo que hubiera resultado catastrófico de no ser por la buena acogida que tuvo lugar en la segunda noche.

Llegamos pues con Lunar Tombfields recién acabado su show, banda a la que ojalá en un futuro pueda tener la oportunidad de ver, en directo, su melancólico y atmosférico ritual. Así pues, mientras buscábamos nuestro sitio dentro de la sala, se encontraba ya encima del escenario Narbeleth afilando sus instrumentos con los que posteriormente nos irían a arrasar en una actuación tan impecable como salvaje, tan blasfema como cruda, tan pasional como gélida. Dakkar (voz y bajo) y Vindok (batería) junto con King Abraxas (guitarrista) arrojaron sobre los presentes una brutal tormenta de Black Metal old school, primitivo, sin florituras, sin edulcorar, totalmente iracundo, violento y oscuro. Hicieron honor al nombre del grupo, que, para los curiosos, en la lengua élfica Sindarin significa “Mengua del Sol” para referirse a una de sus estaciones y que casa perfectamente con el estilo de la banda.

Personalmente, a Narbeleth era a quienes tenía muchas ganas de ver tocar esa noche, pues a Happy Days ya los había visto en Barcelona en noviembre del año pasado cuando vinieron con los fineses Azaghal y, claro, después del álbum que parieron a principios de este año, el sólido y marmóreo “A Pale Crown” (2024) pues el disfrute fue antológico y el bolo que ofrecieron, de órdago, con sendos trallazos como el homónimo tema que da título al disco o la intensa “Of Moonlight and Spirits”, todo esto cocinado con un muy buen sonido en líneas generales que hizo subir enteros la experiencia a niveles épicos.

Con el ambiente caldeado tras el infierno desatado por Narbeleth, nuevas almas se adentraban hacia la oscura sala, sólo iluminada tenuemente desde el fondo, pero lo suficiente para provocar en ellas una fototaxia hipnótica alrededor del escenario. Con el cuarteto en la tarima atrayendo cada vez más miradas, el combo francés Cénotaphe saltó y asaltó el Lennon’s Club, como si de la Bastilla se tratase, con la virulencia y la malignidad de su setlist que recorrió varios de los trabajos que tienen en su haber desde que se fundaran en 2015 por François Roux “Fog” (batería) y Khaosgott (voz) y que venían presentando su primer largo, “Monte Verità” (2020) junto con Siegfried (bajo) y Sirium (guitarra).

Incendiario caos en forma de un Black Metal de corte más melódico, moderno, más técnico, pero aunándolo con el estilo mugriento del Black Metal francés más marginal y subterráneo, dando como resultado un fuego trágico escupido con ira y rabia fruto del descomunal derroche vocal de Khaosgott que, igual por el hecho de hacerlo en francés, el impacto y la carga emocional de sus alaridos parecían elevarlos a la quinta potencia.



La noche avanzaba y el cabeza de cartel ya asomaba por el escenario, calaveras, sogas, capuchas, corpse-paint, sangre… todo un ritual que no dejaba lugar a dudas, los taumaturgos de Happy Days se disponían a embrujar la sala Lennon’s con su funesto y negro arte. Música, que acongoja el alma, de esa que deja el corazón en un puño y que despierta las emociones más negativas. Un “depressive” que con cada nota, con cada lamento de A.Morbid exhalado sobre el público, conseguía abrirse paso en mí, todo el tormento, la desazón y la aflicción que conforman el universo sonoro de Happy Days. Un nombre, (“Días Felices”) por otro lado, que le va que ni pintado a todo este cinismo que lamentablemente nos ha tocado vivir como sociedad y que, personalmente, no puedo evitar ver cierto paralelismo con el título de la última obra maestra que parieron los zaragozanos Empty en 2022, su “Omnia Amet Lorem” (Todo va a Salir Bien).

Volviendo al concierto, el setlist giró en torno a los últimos trabajos entre los que destaco varios LP’s como el “Save Yourself” (2016), el “Happiness Stops Here” (2009) o el último, “En enfer, J’ai Régné” (2023). Cerrando con la magistral “Don’t Go”, los Happy Days clausuraban la primera jornada de este formidable festival, destacando un muy buen sonido de todo el grupo en todo momento y, cómo no, los minutos en los que “Ace Ravn” (guitarra) hacía aparición en los guturales, instantes los de esta hechicera que son de lo más oscuro del averno y que ojalá puedan cobrar más protagonismo en ulteriores ofrendas que tengan a bien en publicar esta banda.



