Por Scheitan
En este enero de 2026, donde el mundo se contorsiona bajo el yugo de un dictador descontrolado que devora democracias con apetito codicioso e insaciable, transformando naciones en ruinas a base de mentiras y caos, me encuentro yo. Un errante algo asqueado (como ya transmití al dejar mi top 2025 en esta casa), en las tinieblas de Madrid, buscando refugio en los rituales subterráneos del metal extremo. Es un mes cargado de ansiedad geopolítica más que de cera extrema, donde solo el invierno muerde la piel al igual que otros años. Los garitos y salas, otrora hogares, se han convertido en portales rarunos de ambiente inquieto, donde el público (ahora también con toga), de repente, danza pogos extraños y extramusicales en lugar de los bailes de liberación de antaño, con la falacia de la conexión absurda como bandera. Todo muy loco de un día para otro. Pero hay un bálsamo clásico de enero: los grandes reencuentros con colegas del rollo después de la apestosa Navidad, con esos abrazos sudorosos donde el metal une como un pacto ancestral, recordándonos que, aunque el mundo se canibalice, la hermandad underground resiste a pesar de ser ya un fuego muy tenue…Y en esa resistencia, puestos a establecer conexiones imposibles, uso el mito del Wendigo que emerge no como mera leyenda indígena o esa entidad nacida del canibalismo en tiempos de hambruna invernal, sino como símbolo de la avaricia humana que devora al prójimo y se condena a un hambre eterna. El Wendigo moderno que se alimenta de divisiones y escupe huesos de libertad.

En el metal extremo, el Wendigo no ha sido nunca protagonista, eclipsado por temas gore más directos en bandas como Cannibal Corpse, Autopsy o Repulsion, donde el acto de comer carne humana está ligado a diferentes patologías más que a la maldición espiritual. Otra cosa es el capítulo de mitos y leyendas, donde ahí sí el metal da la talla en clásicos por todos conocidos donde Miguel De Lys ya ha dado varias lecciones magistrales en las que no voy a entrar (respetos maestro), y en el extremo monopolizadas por el universo Lovecraft y su Cthulhu. Sin embargo, en el underground contemporáneo, este mito resurge a través de los mostoleños TROMORT, quienes han desarrollado el ciclo irreversible de concepción a herencia maldita en No Volverá a Brillar, tomando el texto de Román Sanz Mouta, y dando un salto gigantesco (eso de evolución no va conmigo) en comparación al death metal que venían practicando al añadir tintes creepypastosos, desde el mejor sentido de la palabra, y creando una joya en 7 actos donde reina la tralla y la sesudez. El disco de Death Metal que escucharía el maestro Kubrick.

Formados en 2009 en Móstoles, una de esas localidades de la costa marrón, zona de larga tradición extrema (ahí quedará para siempre la primera demo de nuestro Death Metal a manos de los pepineros Sacrophobia), Tromort son para mí desde hace años uno de los grandes del extremo madrileño en activo junto a Ergum, pero la sombra de papá Avulsed es alargada… Tromort, exagerando un poco, ha ido refinando su propuesta desde un OSDM primitivo y directo en la demo Per Saecula Saeculorum (2012) al más denso y narrativo Camino de la Sangre (2017) que ya mostraba un groove pesado y conceptual hasta llegar a este curradísimo No Volverá a Brillar. Disco para el que usan las letras de Román Sanz Mouta como decía, marcando sin duda su punto más alto desarrollando el mito del Wendigo, que se convierte en alegoría de degradación irremediable, a través del dogma «No volverá a brillar» como mantra que atraviesa todo.
Aquí no falta el opresivo mid-tempo mohoso o los riffs cortantes con olor a leyendas suecas, ni transformaciones salvajes con voces dobladas, solazos empáticos y trémolos asfixiantes, hasta breaks aplastantes con un bajo protagonista (marca de la casa) y el mencionado coqueteo Doom/Post enriquecedor. Todo ello para sumergirnos en un álbum que hay que escuchar entero y del tirón, contra la tendencia actual, que sintetiza a base de nihilismo mitológico el ciclo completo en siete actos asfixiantes, que evocan la deformación física, la hiperagresividad y la sensación de acecho inexorable.
No Volverá a Brillar es sin duda un triunfo del death metal español, demostrando que se pueden sacar grandes obras también en nuestro país a base de esfuerzo y paciencia.Un discazo que, como el Wendigo, devora y transforma, en un mundo donde dictadores, políticos o no, encarnan esa avaricia insaciable que extingue la luz de naciones o corrientes enteras. En este enero de sombras, el disco que me enamoró el pasado verano y al que debía una reseña que eclosiona a raíz de su último ensayo con público, ahora me deja pensativo al ver cómo se está pudriendo la escena extrema cada vez más. ¿Somos cazadores o presas en este bosque donde parece que nadie consigue saciarse?

