Por Patripatror
Esperadísima gira de los austriacos y, en su primera parada por nuestro país, SOLD OUT en Madrid. Sólo cuatro fechas, una de ellas en Palma de Mallorca. Cita obligada marcada en el calendario desde primeros de año, no había excusas. Eran malas fechas, terminando cursos y cruzando los dedos para no estar de exámenes, pero no sirvió de nada. Dos días seguidos de concierto en Madrid, jueves Harakiri for the Sky y al día siguiente Rat-zinger, y el lunes, examen.

Que agotaran en Moby Dick tampoco era difícil, alguno de los asistentes ya lo comentaba, ¡pero qué pequeña es la sala! Hubiese estado mejor en una más grande, tipo Nazca o Copérnico. Siendo entre semana desconozco el por qué no se cambió, si es que se podía, ni cuánta gente se quedó sin entrada. Por aprovechar algo de la tarde estudiando, llegué sobre las 21:00 y no pude ver a los teloneros, los mallorquines Cartesian Ghost y sólo escuché el último tema de los alemanes Heretoir. La verdad, andaba detrás de los austriacos desde hace un año o dos, pero no recuerdo cómo llegaron a mí, como tantas otras bandas «post-loquesea», que despiertan mi curiosidad. De hecho, los primeros que escuché fueron Sólstafir hace 10 años, por casualidad. Unas fotos de un viaje de un familiar a Islandia, un video en Youtube…¡Bendita casualidad! No sé que tiene este estilo que me atraviesa de arriba a abajo. Me transporta a momentos melancólicos puntuales, difíciles y complicados de describir, o que son una tarea pendiente, en especial estos días. En general, desánimo y tristeza, pero en realidad, si no tuviera esta sensación ahora mismo, sería incapaz de escribir esta crónica. Por otra parte, y a día de hoy, sobre todo en el terreno laboral, por qué no decirlo, la necesidad de esa «píldora post-loquesea» cuando apagas el ordenador para «aliviar» la jornada, se me hace bastante habitual. Sí, es un poco contradictorio, pero es así. Pero bueno, el momento «Confesiones» lo dejaremos para otro capítulo y en otro canal, vamos a lo que nos interesa, la noche del pasado 9 de mayo.

Entre volver a casa después de currar, estudiar un ratillo y coger otra vez el metro, llegué cuando estaban terminando Heretoir. La sala a reventar y sonando «The Circle», combinando voces limpias y guturales para llevarnos de la tranquilidad a la agresividad en segundos, sin dejar indiferente a nadie. No había escuchado nada de los alemanes, pero no me disgustaron, tendré que dedicarles algo de tiempo. Con las salidas de los asistentes a fumar, visitas al baño y barra y, cómo no, al puesto de merchandising, me pude abrir hueco para situarme entre las primeras filas. Un telón de fondo con el nombre del grupo, y a eso de las 21:30 empiezan a sonar las primeras notas de «I, Pallbearer». Con esa intro como preámbulo al momento de en el que Michael V. Wahntraum, con los brazos en alto, nos lleva a la desesperación sin dejar de moverse por el escenario, de espaldas al público, mirando hacia la pared que hay a su izquierda… Continúan con «Fire, Walkwith Me», formándose algún pogo en las partes más aceleradas y con Michael sin parar de «jugar» con el cable del micrófono, enroscándoselo en la muñeca y pasándoselo por detrás del cuello. No hacía frío en la sala, y la mayor parte del calor sobre el escenario se concentraba en Matthias Sollak, concretamente en su mano izquierda, la que sostenía el mástil, ya que no paraban de caer gotas cada 5 segundos. Como si estuviese destilando allí mismo esas emociones en forma de elixir. Michael gritándole a la pared, cae la primera gota, la batería machacándote, otra gota, Matthias en el centro del escenario, una más al suelo, el otro guitarra a la derecha sin dejar de sacudir la cabeza, cuarta gota, el bajista a la izquierda con su cerveza en alto, otra más que cae, y así hasta el final de la noche.

Cada imagen, cada elemento por separado, sin cruzar miradas entre ellos, y todo en conjunto. Era hipnótico. Siguen con «Homecoming: Denied!», con la voz desgarradora de Michael dirigida hacia la pared, rodeada por el cable del micrófono, esperando «ese momento final». Arrodillado unos instantes, dándonos la espalda y propagando esa angustia, hace tiempo un tanto familiar. El público acompañando con palmas en «Sing for the Damage We’ve Done», y por las horas, se intuía que quedaba poco para terminar. Suena «Callingthe Rain» antes de retirarse unos minutos y volver para regalarnos unos bises después de una hora de show. Se despiden con «Song to Say Goodbye», el cover de Placebo, momento en el cual Michael baja al minúsculo foso para, de cara al público, hacia la pared y luego de espaldas, llevarnos a ese desconsuelo que le invade y que tan bien sabe transmitir. Lo de llevar pregrabados algunos instrumentos como los teclados, en general en cualquier grupo, no me convence, es el único pero.

En definitiva, muy buenas sensaciones, alrededor de hora y cuarto en la que exprimen esa cantidad de sentimientos de tristeza, desasosiego y depresión para alimentar nuestras entrañas. Cuestionarse si merece la pena llevarse ese regusto a casa, desenterrar emociones…Creo que no me equivoco si digo que la respuesta de todos los asistentes esa noche sería afirmativa, incluso de los que se quedaron sin entrada, pero como sólo puedo hablar en primera persona, A MÍ SÍ ME MERECE LA PENA. Que vuelvan pronto con nuevo material. ¡GRACIAS!
