Por Carlos Citoler
De la misma forma y manera que no es lo mismo disfrutar de un café con hielo en plena navidad o, si me apuras, de un eclipse total de sol a escasos minutos de anochecer, la idea de degustar el octavo trabajo de los suecos Draconian a principios del floreciente mayo fue en su momento lo último que se me pasó por la cabeza cuando las huestes de Anders Jacobsson y compañía desvelaron el contenido de In Somnolent Ruin a los ojos del mundo. Si a esto le sumamos las importantes novedades que el mismo traía bajo el brazo en cuanto a cambios de formación, que mejor que un buen hueco en el congelador para que In Somnolent Ruin fermentase a la espera de una ocasión para descorcharlo que mereciese la pena,…

Mala fecha, como decíamos, más si cabe cuando su antecesor, el soberbio Under a Godless Veil había visto la luz un 30 de octubre hacía ya seis años, con toda la connotación religiosa que, inevitablemente, arrastramos en este país, nos guste o no. La puta BSO perfecta para acurrucarse en un rincón, pinchar Sorrow of Sophia, que abría el mismo, y dejarse llevar en una noche llena de magia, recuerdos y lágrimas acalladas.
Pero la industria musical no entiende de días ni horarios, ni de fechas en el calendario, como diría aquel otro, y liberaba la nueva y oscura caricia de los suecos cuando las primeras flores empezaban a desperezarse en nuestros jardines y balcones.
Por otro lado, como decíamos, importantes eran las novedades que Draconian traían en cuanto a su formación. Para alguien como yo, que calló rendido a sus pies en su día, cuando escuché por primera vez la voz de Heike Langhans rompiendo a rezar en Heavy Lies the Crown, tema que abría Sovran, su partida y el regreso de Lisa a las voces suponía otro plus más para que el trabajo permaneciese unos días más a buen recaudo.
Porque si, a que negarlo, esto de la música no entiende de racionalidad ni somos de dar muchas oportunidades a los cambios, y el hecho de que LA DIOSA hubiese abandonado el barco de los suecos ponía otro candado a mí congelador. Por enorme que hubiese sido la aportación de Lisa en los albores de Draconian, mi Heike era mucha Heike, o al menos eso creía yo hasta que tocó descongelar neveras en casa,…

… y es que cuando las campanas que abren In Somnolent Ruin empezaron a atronar en los altavoces, acompañadas por las primeras gotas de lluvia tormentosa sobre los cristales, que suponían una pequeña tregua en este asfixiante verano, comprendi que había malgastado un valioso tiempo alejado del nuevo trabajo de Draconian.
La húmeda y opresiva atmósfera a la que los suecos me tenían acostumbrado seguía allí, intacta, como si se hubiese mantenido sepultada por una losa de negro mármol que la había conservado todo lo que significaba Draconian. Y es que, al final, de eso se trataba, de un todo, y no de piezas sueltas, por muy relucientes que estás fuesen.
Johan y Niklas seguían allí, en el mismo punto donde años atrás habían quedado, agazapados en la niebla y conservando esos riffs marca de la casa. Sin más, ocultos de los focos que se clavan en la parte central del escenario y de cada foto de prensa, pero sabedores de que la esencia de la banda reside en esas cuerdas a las que tanto dolor y melancolía saben exprimirles.
Punteos y pasajes que te llevan a casa, en los que balancearse sin miedo, porque son para ti zona de confort, tú hogar.
También siguen allí los dos Daniel, aunque uno de ellos, el señor Johansson, sea nuevo en la partida. Pero hay que reconocerle que ha sabido interpretar a la perfección la máxima de Draconian de que la velocidad sin control no sirve para nada. In Somnolent Ruin está trufado de medios tiempos en los que, la pareja que forman la base rítmica, impone ritmos marciales sofocantes que tejen una tela de araña perfecta para que los dos aguijones del sexteto inyecten en el escuchantes su ponzoñoso y oscuro veneno,…
Porque, a qué negarlo, todos, TODOS, esperábamos ansiosos el devenir del dúo de voces al mando de Draconian. Los unos, me incluyo, con los colmillos afilados dispuestos a morder en busca de sangre fresca. Los otros, ansiosos de volver con Lisa a tiempos pasados, que en ocasiones fueron mejores, y en otras no.
Y bajo esa lupa inquisidora, la dupla Lisa-Anders, literalmente, se han sacado la chorra, …
El camino fácil, dejar que Anders tirase del carro y reservar a la «recién llegada» Lisa para lucimientos puntuales, queda borrado de la hoja de ruta de los suecos, y es la carismática voz de Lisa la que lleva la batuta en todo momento, recuperando el trono perdido, o como en este caso, cedido, tiempo atrás.
Poco hay que hablar de la perfecta sincronización entre ambos en los pasajes que comparten, ya pudimos verles en directo hará casi tres años en su última visita al país, antes de que la nueva música viese la luz, y que en su dia tubo su hueco en nuestra pagina en forma de crónica. Y es que Lisa no sólo mejoró en aquellos conciertos la memoria que teníamos de los temas con mas solera, los pertenecientes a su época con la banda, sino que además hizo suyos los himnos pertenecientes a los dos álbumes en los que Heike puso la voz.
Tejiendo puentes con su pasado más reciente, como podría ser la colaboración de Daniel Änghede, que repite con los suecos, dando continuidad a la joya que supuso Rivers Between Us en su anterior Sovran, en la que compraría protagonismo a las voces con LA DIOSA, en esta nueva participación del polifacético artista sueco con Draconian queda claro que nadie en el seno de la banda, no así nosotros los seguidores, ha buscado una ruptura drástica con ningún pasado reciente, sino que, si el camino elegido se sabe que es el correcto, lo mejor es transitarlo sin ningún brusco golpe de timón.
Como decíamos, embriagadores temas, muchos de ellos medios tiempos que te envuelven en la mejor y más pura esencia Draconian, lo que podíamos esperar, y en verdad, estábamos esperando, un ramillete de melancolía y negros pétalos de rosa arrancados de las gargantas e instrumentos de estos seis jodidos suecos, que cada cosa que tocan, lo convierten en oro.
En breve tendremos la oportunidad de degustar en vivo la esencia de un In Somnolent Ruin, ya sea en la vecina Lisboa, dentro del marco del festivalazo Under The Doom Festival, compartiendo cartel con nombres de la talla de Liv Kristine, Evoken o Sólstafir, el fin de semana del 25 y 26 de septiembre, o ese mismo 25 en la madrileña sala Revi Live, también dentro de otro festival que en nada desmerece al luso, Dark Echoes Fest, junto a Dodheimsgard, Foscor y los todopoderosos Todomal. Casi nada,…
Ambas buenas pruebas de fuego para comprobar in situ la pegada de estás nuevas composiciones que dan forma a In Somnolent Ruin, despejar la incógnita del estado de forma de Lisa tras su regreso, si es que queda alguna duda por despejar, y disfrutar de este ramillete de letanías creadas para corazones rotos,…
Letanías, y ahora me doy cuenta, de las que no hemos nombrado a lo largo de la presente reseña ni uno de sus títulos.
No sé si es un dato importante o no, y si esa omisión desvirtúa o no este texto y le resta todo valor.
En verdad, ni me importa ni concibo el hecho de poder medir en gotas de agua aisladas un negro rio que nace de la lejana Suecia y cubre de oscuridad y melancolía la tierra por la que su cauce discurre,…
