Banda:SIGH Disco:Goh-Ka Sello:Peaceville Recs Año:2026

Por Scheitan

Hay bandas que definen un género y hay otras que lo reinventan una y otra vez hasta que el género deja de ser suficiente para contenerlas. Sigh pertenece, sin ninguna duda, a la segunda categoría. Formados en Tokio a caballo entre 1989 y 1990 por el multiinstrumentista y visionario Mirai Kawashima, fueron una de las primeras (y durante mucho tiempo de las pocas) formaciones de black metal japonés con proyección internacional real. Su debut Scorn Defeat (1993) salió en el mítico Deathlike Silence de Euronymous, convirtiéndolos en una rareza absoluta como el único grupo no europeo del catálogo del sello de Mayhem. Aquel disco ya apuntaba maneras, pero nadie podía imaginar hasta dónde llegarían.

A lo largo de más de treinta y cinco años, Sigh se han convertido en sinónimo de experimentalismo radical dentro del metal extremo. De los black metal teatrales y sinfónicos de Infidel Art y Hail Horror Hail (1997, el verdadero punto de no retorno), pasando por la obra maestra psicodélica y desquiciada que es Imaginary Sonicscape (2001), la grandilocuencia sinfónica y thrash de Hangman’s Hymn, la pesadilla jazzística de In Somniphobia o el regreso a las raíces japonesas de Shiki (2022). Su influencia es doble: en Japón fueron pioneros absolutos en una época en la que casi no existía escena black local; en el ámbito mundial se les considera una de las formaciones más innovadoras, multifacéticas e impredecibles del metal extremo. Capaces de mezclar Celtic Frost, Voivod, Black Sabbath, bandas sonoras de terror, jazz, progresivo y, cada vez con más fuerza, instrumentos tradicionales japoneses sin que el resultado suene a pastiche.

Goh-Ka llega en este 2026 como la continuación natural —y al mismo tiempo el salto más ambicioso— de la etapa más personal y explícitamente japonesa que arrancó con Shiki. Un disco profundamente conceptual, estructurado en torno a las nueve etapas de descomposición del cadáver del Kuso-zu budista, esa serie de ilustraciones tradicionales pensadas para meditar sobre la impermanencia, la muerte y el desapego de la belleza física. El título mismo carga con triple significado: el fuego infernal que quema a los pecadores, el fuego apocalíptico que consume el mundo al final de los tiempos, y el karma. Forma y fondo se refuerzan mutuamente de una manera que pocos discos de metal extremo logran. La arquitectura del álbum es tan deliberada como eficaz. Los bloques titulados «Kuso-shi» funcionan como la columna vertebral agrupando las nueve etapas en cuatro piezas (1-2-3 / 4-5-6 / 7 / 8-9) que van ganando peso y densidad hasta culminar en el cierre de más de once minutos. Los temas intercalados —los dos “Jigoku-Zoshi”, “Anzenshokon”, “Unputenpu”, “Jinmenjushin” y los breves interludios— actúan como visiones del infierno, pausas contemplativas o contrastes dramáticos que evitan cualquier sensación de linealidad rígida. El resultado es un arco meditativo y teatral a la vez.

La escucha de este disco ha tenido, además, un contexto especialmente curioso. Mientras Goh-Ka veía la luz, el núcleo duro de mi familia estaba de viaje por Japón. Las fotos que me iban enviando —templos, calles de Tokio, paisajes, detalles cotidianos— llegaban justo mientras yo estaba inmerso en la escucha activa del álbum. Esa coincidencia involuntaria terminó colaborando de forma real en la inmersión, el disfrute y la asimilación de un trabajo tan profundamente anclado en lo japonés. No es que hiciera falta, pero ayudó a que el disco se sintiera todavía más cercano y vivo. Musicalmente, Goh-Ka es un monstruo ecléctico que se niega a quedarse quieto. Hay thrash visceral y riffs que cortan como cuchillas, pasajes folk japoneses de una elegancia casi hipnótica (shamisen, shakuhachi, taiko…), momentos de pureza avant-garde y progresiva de nivel descomunal, y una producción (Lasse Lammert) que da claridad y grandeza sin esterilizar el carácter. El lado más psicodélico es, personalmente, el que menos me engancha —hay tramos donde la rareza se vuelve un poco demasiado etérea para mi gusto—, pero incluso ahí se percibe la coherencia de una banda que lleva décadas perfeccionando el arte de no parecerse a nadie. Lo que más disfruto es precisamente ese contraste brutal de lo pesado y lo trallero convivendo con un folklore japonés de una riqueza y naturalidad superiores a casi cualquier intento similar que haya escuchado. En ese sentido, y sin querer entrar en combates de gallos, Goh-Ka me ha hecho disfrutar más que los últimos trabajos de Thy Catafalque, banda a la que tenía muy encumbrada en los últimos años. El peso, la agresividad bien medida y especialmente ese componente tradicional japonés me resultan más vivos y más carnales que el folk magyar, por muy bien ejecutado que esté.

Entre los momentos altos del disco destaca con claridad el cierre. “Kuso-shi 8 and 9 / Mettaijakujo” es de lo mejor que ha firmado Sigh en mucho tiempo. Un colofón largo, denso y emocionalmente devastador que resume todo lo que el álbum ha venido construyendo. “Jinmenjushin” brilla por su carácter cinematográfico y su equilibrio entre agresividad y elaboración. Los “Jigoku-Zoshi” aportan el lado más extremo y thrashy, mientras que “Unputenpu” (con el solo de Mikael Åkerfeldt) y los bloques centrales de la suite “Kuso-shi” demuestran hasta qué punto la banda controla la narrativa a largo plazo.

Goh-Ka no es un disco fácil ni inmediato. Exige varias escuchas y una cierta disposición a dejarse arrastrar por sus cambios de registro. Pero cuando engancha, lo hace con una fuerza y una personalidad que muy pocos grupos activos hoy pueden igualar. Sigh siguen siendo lo que siempre fueron: imposibles de etiquetar, incómodos, brillantes y absolutamente únicos. Y en 2026, con más de tres décadas a sus espaldas, todavía son capaces de entregar uno de los trabajos más ambiciosos y redondos de su carrera. Un álbum mayor.

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