CRÓNICA – Murmur + Kokeshi: La conversación pendiente. (Wurlitzer Ballroom, Madrid, 13.07.26)

Por Elros Alcarín / Fotos de Álex AMM y Elros Alcarín

Habían pasado apenas unos minutos desde que llegué a la Wurlitzer cuando empezaron a aparecer caras conocidas. Un saludo. Después otro. Y otro más. Conversaciones que parecían continuar exactamente donde se habían quedado meses, años atrás. Sin darme cuenta llevaba más tiempo hablando con amigos que mirando la puerta de la sala. Cuando levanté la vista, la cola ocupaba buena parte de la calle. Hacía tiempo que no veía una imagen así en la Wurlitzer. Mientras esperaba seguí observando a la gente. Camisetas de bandas de death metal compartían espacio con aficionados al manga y a la cultura japonesa. Se escuchaban conversaciones en inglés. Había mucho público joven, aunque también empezaban a llegar asistentes de más edad. Me llamó la atención encontrar apenas una camiseta de Kokeshi entre toda aquella mezcla de personas. Más que una reunión de seguidores, aquello parecía el punto de encuentro de escenas distintas que habían encontrado un motivo para coincidir.

La visita de Kokeshi tenía algo de especial. La banda japonesa llegaba a Madrid para ofrecer la única actuación española de su primera gira europea. Murmur recorría el camino contrario. Después de presentar Red Hill (minireseña aquí) fuera de nuestras fronteras, volvía a casa para compartir escenario con una formación llegada desde Japón. Dos trayectorias diferentes que terminaron cruzándose en una sala donde todo sucede muy cerca del público. La Wurlitzer tiene esa doble condición que la hace especial. Si consigues un buen sitio, el concierto se vive prácticamente a la altura del escenario. Pero basta quedarse a media sala para que buena parte de lo que ocurre sobre las tablas se pierda entre cabezas. En una noche como esta, donde la presencia escénica tenía tanto peso como la música, ese detalle terminaba formando parte de la experiencia.

Murmur abrió el concierto con una serenidad que se contagió enseguida a la sala. No hubo necesidad de acelerar el ritmo ni de convertir cada canción en una demostración de fuerza. La banda fue construyendo el concierto poco a poco, con la seguridad de quien conoce bien el camino que está recorriendo. Después de la gira de Red Hill, da la impresión de haber encontrado un equilibrio que se percibe desde la primera canción. El público respondió de la misma manera. Escuchando. Puede parecer un detalle menor, pero no lo fue. Durante buena parte del concierto la atención permaneció sobre el escenario. Esa escucha permitió que Murmur desarrollara un directo sólido, sin artificios y muy coherente con la personalidad que transmite también fuera de él. Solo eché en falta una iluminación capaz de acompañar mejor esa propuesta. Las canciones pedían más sombras. Más contraste. Una atmósfera que ayudara a completar el universo que la banda construye sobre el escenario. La música ya estaba allí. La luz no terminó de acompañarla.

Antes de la actuación de los japoneses me reafirme en mi impresión antes de entrar a la sala. Mirando alrededor confrimé la impresión que había tenido al llegar. Nadie parecía fuera de lugar. La mezcla de públicos seguía siendo tan natural como al principio de la noche. Y llegó ella. La primera imagen que conservo de Nana no es una canción. Es el hilo rojo que rodeaba su mano izquierda. También los símbolos pintados sobre su cuerpo Detalles mínimos, casi invisibles. Pero, una vez que reparabas en ellos, resultaba imposible dejar de asociarlo a su presencia durante toda la actuación. Después llegó todo lo demás. La voz. Los silencios. La manera de ocupar un escenario demasiado pequeño para una presencia escénica tan grande. Mientras el resto de Kokeshi levantaba un muro sonoro preciso y contundente, Nana parecía desarrollar otro lenguaje paralelo. Había momentos en los que la música convivía con una interpretación casi teatral. No hacía falta entender cada palabra para comprender la tensión, la inquietud o la fragilidad que transmitía. Bastaba observarla. Muy pronto dejó de importar que aquella fuera la primera gira europea de Kokeshi o que Madrid fuera su única parada en España. El concierto dejó de apoyarse en la curiosidad para sostenerse únicamente en lo que estaba ocurriendo sobre el escenario. Eché de menos que las luces también acompañaran la teatralidad de Nana y sus compañeros.

Cuando esas luces se encendieron, el puesto de merchandising, hasta entonces casi vacio, empezó a llenarse de gente… En la puerta de la Wurlitzer continuaban formándose pequeños grupos. Algunos comentaban el concierto. Otros simplemente aprovechaban para alargar la conversación unos minutos más antes de despedirse. Yo también tardé un rato en marcharme. Aún tenía conversaciones pendientes. Me habría gustado encontrar un momento para hablar con Nana. También con Beatriz. Quizá sean las conversaciones pendientes de este concierto…

Nota del autor No quería cerrar este artículo sin dar las gracias a mi amigo César. Si sigo manteniendo un pie en la escena musical es, en parte, gracias a personas como él. Siempre dispuesto a ayudar, siempre apoyando sin pedir nada a cambio. En un mundo donde a veces cuesta encontrar referentes así, César sigue siendo una de esas personas íntegras, honestas y generosas de las que me siento profundamente orgulloso de poder decir que son mis amigos.

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